Caía la tarde en el Parque Independencia, colmado de bote a bote. El proverbial estilo a ras del piso del local no le había permitido quebrar a un Estudiantes mezquino. Pero en tiempo de descuento, una serie de erores defensivos encadenados, a tono con los horrores arbitrales y con el partidito de Villar, le dejaban la pelota servida a Scoco, que la cruzó al segundo palo y desató la fiesta rojinegra.
Antes, muy poco de ambos lados, con una chance clarita que se le fue ancha a Núñez en el primer tiempo... etapa en la que Desábato sacó un gol en la línea tras una salida arriesgada de Villar, y un par de cabezazos de Newell's contaban con la complicidad del arquero albirrojo, todo en un marco bastante chato e impreciso.
Sin embargo, el campo era de la Lepra, porque nuestro 3-5-1-1 resultaba mentiroso en virtud del ostensible retraso de Jara, cada vez más contenido y asfixiado contra la raya para cumplir funciones de 4 clásico en la mayor parte del encuentro. Y en el medio, el toqueteto del once de Martino superaba sin estridencias a la falta de volumen del León, casi parado para apostar al contragolpe con el comodín del solitario Carrillo, quien volvió a ganar muchísimo de arriba, y en inferioridad numérica se cansó de presionar a los zagueros rivales.
Abajo, Ré la rifó a mansalva, incluso sin encontrarse apremiado, y la dupla Desábato-Schunke se complementó bien para desbaratar las intentonas de NOB. Por eso, cuando la roja bien sacada al Chapu -mal amonestado en el comienzo- le ponía un freno al crecimiento pincharrata, y el cambio de Matías Sánchez por la Gata parecía sellar la igualdad con cemento armado, ese tiro del final vino a refrender lo afirmado en este mismo espacio, acerca de las escasas herramientas disponibles para no terminar acostumbrándonos a depender de un golpe de suerte.
Somos esto, estamos para mitad de tabla, no tenemos un patrón de juego, y además debemos prender la alarma luego de observar la paliza sufrida por la Reserva, que con Mariano González de titular se comió inapelable 4 a 0 y dio papelón, amén de padecer un baile impresionante comandado por un pibito que con la camiseta 7 desplegó atributos de crack.

























